Estoy bien… la mentira amable que nos repetimos

¿Cuántas veces te han preguntado: “¿Cómo estás?” y, queriendo responder “triste” o “agotado/a”, has terminado diciendo “muy bien” con una sonrisa forzada?

Nos hemos acostumbrado a esconder la tristeza, como si sentirla fuera un error o una debilidad. Sin embargo, no lo es. La tristeza, al igual que cualquier otra emoción, es totalmente legítima ya que nos aporta información valiosa y tiene un propósito.

Aunque a veces le demos esa connotación, sentirnos tristes nunca es un error. Todas las personas tenemos días grises o épocas de bajo ánimo; esta vivencia, si bien puede resultar desagradable, es un mecanismo que nos da información esencial sobre nuestro estado interno. La pregunta más común que nos hacemos es: “¿Por qué me siento mal?”, pero quizás la más constructiva sea reflexionar: “¿Por qué siento la necesidad de disfrazarme?”. A menudo, nadie nos lo exige;  somos nosotros quienes nos auto censuramos por creer que los demás no pueden vernos tristes. Debido a esta presión social, la tristeza puede terminar enmascarándose como ira o enfado.

El primer paso es comprender lo que sentimos: estamos intrínsecamente diseñados para relacionarnos con el mundo, y la experiencia emocional es una parte fundamental de esa interacción.

En concreto, la tristeza, aparece cuando sentimos una pérdida, ya sea real o subjetiva, y suele manifestarse como cansancio o lo que comúnmente denominamos «estar de bajón». Su función principal es permitirnos esa necesidad de aislamiento temporal que nos permita procesar y elaborar esa pérdida.

Cuando la tristeza se vuelve persistente e intensa, se acompaña de una pérdida significativa de interés o placer (anhedonia), y se enlaza con el cansancio o la fatiga, podríamos estar ante un cuadro de depresión. Es crucial entender esto: la depresión no te define. Tú no «eres» la depresión; estás atravesando una etapa difícil que, como tal, exige tiempo, paciencia y autocompasión. El mensaje que esta emoción envía a tu cuerpo es un claro: «¡Alto! Necesitas detenerte para ordenarte internamente».

En ocasiones, la tristeza puede distorsionar nuestra percepción, como si lleváramos unas «gafas» mal graduadas. Seguimos viendo, pero la realidad se percibe dolorosamente distorsionada. A esto se suma la pérdida de energía. Es posible que físicamente puedas levantarte, pero emocionalmente te parezca una tarea imposible. Esto no es pereza; es agotamiento emocional, una señal de que tu energía emocional está bajo mínimos.

Es fundamental saber que en la depresión intervienen factores biológicos (neuroquímicos) que alteran significativamente la forma en que pensamos, sentimos y actuamos. Por esta razón, no basta con «ponerle ganas» o apelar únicamente a la fuerza de voluntad. Superar una depresión profunda es un proceso complejo y, con frecuencia, se necesita ayuda profesional para poder salir de ese «agujero negro» del que uno se siente incapaz de salir por sí mismo.

Buscar apoyo profesional es el primer acto de autocuidado, no de debilidad. Somos seres relacionales y la necesidad de apoyo es inherente a nuestra supervivencia. Ponerte en manos de un especialista te permitirá empezar a vislumbrar la luz al final del túnel y, progresivamente, recuperar la esperanza que la depresión te ha arrebatado.

Si te has sentido identificado/a con alguna parte de este artículo, si hay emociones que no sabes nombrar o te preguntas por qué las escondes, recuerda: no estás solo/a. Dialogar y buscar ayuda es el primer paso. Mientras te preparas para ese encuentro contigo mismo/a, a continuación, te presentamos cinco acciones prácticas que pueden ayudarte a iniciar el proceso desde hoy:

  1. Recupera y pon en práctica actividades reforzadoras agradables.

Haz una lista de 5 cosas que antes solían gustarte (incluso si ahora no sientes que te apetezcan hacerlas). Elige una actividad sencilla (ej.: una ducha caliente de 5 minutos, tomar un café al sol, pasear 10′, llamar a un amigo/a). Prográmala a primera hora del día y márcala como realizada. La clave es empezar, no hacerlo perfecto. Refuerza tus pensamientos positivos y relativiza tus pensamientos negativos.

  1. Haz consciente tu diálogo interno

Es muy importante el cómo te hablas a ti mismo, los mensajes que te das. Recuerda: ¡estás bien hecho!. Cuando te vengan pensamientos intrusivos como “no sirvo para nada” o “no puedo salir de la cama”, intenta sustituirlos por frases más amables y realistas, por ejemplo:

“Es normal que no tenga energía emocional, no estoy en mi mejor momento, pero hoy puedo ir a darme un paseo de 10 minutos”.

Nadie puede hacerlo por ti, pero sí puedes apoyarte en otras personas para realizar estos pequeños pasos que te permitirán empezar el día con alguna actividad agradable.

  1. Rutina básica de sostén

Procura dormir al menos 7 h de sueño (horario regular), mantén algo de movimiento diario (aunque sea suave) y busca la exposición a luz solar por la mañana. Planifica una salida de casa al día, por mínima que sea (ej.: ir a comprar pan). Cada pequeño acto que hagas ya le estás mandando un mensaje a tu cuerpo de que “sí puede levantarse, sí puede empezar por hacer cosas que están a tu alcance”.

  1. Equilibra tu alimentación

Si experimentas una alteración en el apetito (pérdida de hambre o, por el contrario, ingesta excesiva entre horas), es importante recordar que tu cuerpo necesita el combustible suficiente para funcionar: consume comidas sencillas y regulares, mantente hidratado/a y evita grandes picos de azúcar o el consumo de alcohol. El objetivo no es «comer perfectamente», sino alimentarte para obtener energía.

  1. Conecta con personas y con profesionales

Reflexiona sobre qué persona de confianza puede ser un buen apoyo para hablar cuando no te encuentres bien. Además, considera agendar una cita con un profesional de la psicología. Compartir nuestros sentimientos profundos con otros alivia la carga emocional y ofrece una perspectiva orientadora, demostrándonos que no estamos llevando ese peso solos.

Irene Serrano, Marcos Rodríguez  y Ana Prada

Psicólogos en prácticas

Consulta de psicología UFV

Universidad Francisco de Vitoria

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *