COMPRENDO LAS AUTOLESIONES: COMUNICAR A TRAVÉS DE LA PIEL

Seguramente hayas escuchado o pensado alguna vez esta frase cuando se habla de personas que se autolesionan: “Lo hace para llamar la atención”. Aunque esta idea esté instaurada de forma casi imperceptible en nuestras conversaciones cotidianas, esconde una falta de comprensión profunda sobre el sufrimiento humano. La autolesión no es un truco ni una manipulación; es, en realidad, un intento desesperado de gestionar un dolor que no sabemos expresar.

Imagina por un momento que te desbordas, que la angustia es tan grande que te impide respirar y que no sabes cómo pedir ayuda. En ese punto, un corte o una quemadura no son el objetivo, sino un medio. La persona no busca el daño por el daño, sino la necesidad de ser comprendida y la urgencia de traducir un malestar invisible en algo que, al menos, pueda ver y tocar.

Otro mito común que escuchamos constantemente es el de pensar que la autolesión es un sinónimo de querer quitarse la vida. Sin embargo, autolesionarse no significa necesariamente querer morir; a menudo, es una estrategia para intentar seguir viviendo. De esta forma, la autolesión se convierte en una vía para externalizar un momento difícil que el cerebro no sabe cómo procesar de otra manera. Aunque no sea un sinónimo del suicidio, sí supone un factor de riesgo importante que nunca debe minimizarse, pues nos indica que los recursos de la persona están al límite.

Para entender mejor cómo funcionamos, imagina que tu mente es un sistema equilibrado por tres esferas: tu biología (tu predisposición), tus pensamientos (tu diálogo interno) y tu entorno (lo que te rodea). Si una esfera se cae, puedes sostener las otras dos. Pero cuando las tres se tambalean a la vez, el sistema colapsa. No es una falta de voluntad; es tu cerebro saturándose e intentando protegerte.

A nivel neuropsicológico, ocurre algo fascinante y terrible a la vez. Tu corteza prefrontal, que es la parte encargada de pensar con lógica y ver soluciones, se «apaga». Mientras tanto, la amígdala, tu centro de alarma, se vuelve hipersensible: todo se siente como una amenaza urgente. En medio de ese caos, la autolesión aparece como un «botón de emergencia» que el cerebro pulsa para forzar una relajación química a través de las endorfinas, buscando retomar el control y salir del vacío o del odio hacia uno mismo.

Algo que pocas veces se explica es cómo la autolesión utiliza nuestros cinco sentidos para “desconectarnos” del malestar. Cuando alguien sufre de forma intensa e insoportable, el cerebro puede quedar atrapado en recuerdos o sensaciones dolorosas. Al producirse una lesión física, toda nuestra atención se focaliza, provocando un “efecto túnel” sensorial. Esta estrategia obliga a nuestro cerebro a volver al presente: la mirada se clava en la herida, el tacto se concentra en el dolor, el oído en el quejido y el olfato en la respiración agitada. Por tanto, se trata de una forma drástica de “desconectarnos” del recuerdo y “conectarnos” con nuestra propia corporeidad, aunque sea a través del daño.

Si estás cerca de alguien que sufre, es posible que no veas las heridas. En realidad, la persona suele cargar con una mochila llena de culpa y vergüenza. Lejos de buscar llamar la atención, la mayoría de las veces las heridas se ocultan: se utilizan mangas largas incluso cuando hace calor o se evitan encuentros sociales por miedo a que los demás se den cuenta.

Si quieres ayudar a alguien en esta condición, no busques solo señales físicas; busca brindar un espacio de confianza donde la persona pueda dialogar sobre su situación y comunicar esa tristeza que “no se va” o ese aislamiento que “parece no tener fin”. En estos casos, es fundamental ponerse en contacto con un profesional.

Ya seas un adolescente o un adulto, el camino hacia la sanación empieza con la validación. Validar no es aplaudir la autolesión, es decirle a la otra persona (o a ti mismo): «Entiendo que te duele tanto que esta ha sido la única forma que has encontrado para lidiar con ello».

Marcos Rodríguez Espinosa y Álvaro López Flores.
Alumnos en prácticas.
Consulta de Psicología UFV.

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